Seis de la mañana. París comienza a entrar en estado de somnolencia…las bombillas de las farolas comienzan a apagarse para dar paso a las primeras luces naturales del alba. El cielo amanece despertando a los dulces soñadores franceses. Brandon comienza su primer reto diario: enfrentarse a esa hoja de papel maldita, a esa obsesión “malsana” (no por la pobre hoja, sino por la obligación con la que Brandon decide afrontarla) y a la vez curiosa. Todo es una distracción, sin embargo, aprovecha su energía desperdigada por la habitación para replantearse una y otra vez por qué eligió este oficio. Quizás se consideraba lo suficientemente especial para conmocionar al mundo con sus obras, pequeñas ventanitas abiertas para todo aquel que quisiera conocerle mejor. Todo este misticismo unido a una híper sensibilidad que le hacía extrañamente excepcional, diferente, único. Sin embargo, aunque era un creador con “mucho arte” su incomodidad con su entorno le impedía expresar todo aquello que podría hacerle libre. Dicen que lo que ocurre a nuestro alrededor es un reflejo de lo que ocurre en nosotros mismos, partidario del “Señor no soy malo, aunque no me faltaría motivos para serlo” , vive completamente amarrado a sus deseos incompletos. ¿Por qué Atenas? precisamente porque allí se forjaron las hazañas clásicas de los grandes héroes, porque su ansia de eternidad permanece unida a su acercamiento a través de los personajes que crea.
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