lunes, 22 de octubre de 2012

París, años 60


Inmerso en la creación de su fantástica obra clásica (incomparable con el legendario Homero, por supuesto), Brandon permanece sumido en una especie de seminconsciencia de la que es rápidamente rescatado por su gatita persa, Colette. Automáticamente, nuestro escritor abandona por un momento  Atenas para regresar a su mundo personal, y en cierto sentido, particular por la visión tan especial que de él tiene este excéntrico novelista. Doce de la noche en París, la ciudad de las luces despierta cuando sus compañeras europeas duermen. El acogedor ambiente romántico es perfectamente perceptible desde la ventana de su estudio,  vista que le embriaga mientras disfruta de un delicioso té con aroma a vainilla. La altura de la Torre Eiffel es incomparable al vértigo que siente cuando su mirada se cruza con la de Acacia. Elegante, joven, delgada y con una mirada altiva que la hace profundamente deseable. Al igual que ocurre con su joven promesa atlética griega, su amor por esta  muñequita francesa es imposible, hecho que la idealiza todavía más si cabe."Soy como tú, tú tampoco amas" reflexiona nuestro escritor, melancólico e insensible al sueño, mientras reconoce su propia falta de necesidad afectiva. Una en punto, echa un último vistazo a su trocito de creación diaria y permanece mirando fijamente  su tacita de cerámica con el panteón dibujado, la misma en la que hace una hora escasa desconectaba de su vivencia helenística para ubicarse en el glorioso sabor del té parisino..."una máquina del tiempo algo inusual" piensa nuestro creador, mientras comienza a profundizar en la importancia de la imaginación para subsistir sobre el papel y sobre nuestra vida... 


Acacia


No hay comentarios:

Publicar un comentario